El mundo avanza rápido y las cosas cambian de tal manera que, cuando te quieres dar cuenta, algunas de ellas hasta han desaparecido. Ejemplos sobre esto hay miles, diría que surgen nuevos casi a diario, pero hoy me detengo en uno del que me he acordado recientemente: la extinción de las motos de 250 cc.

No hay ningún misterio en esto. Simplemente, en el momento en el que se apruebó que el carnet de coche permitía circular con una moto de hasta 125 cc, el mercado se vuelcó con productos de esta cilindrada (principalmente scooters) y esto ha ido quitando protagonismo a las otras. No han desaparecido del todo, pero se van quedando para vestir santos.

No obstante, tengo que profundizar un poco más para llegar donde quiero. Hace unos 15 años, cuando en mi pandilla estábamos en plena ‘adolescencia motera’ y pasábamos las tardes y los fines de semana entre pistones de 50 y 75, carburadores de 17 y 19, o tubos de escape artesanales, había una especie de ‘vacas sagradas’ que eran las ‘dos y medio’.

Recuerdo especialmente una: la Aprilia RS 250. Aquella moto, que valía más de un millón de pesetas, era el sueño de cualquier adolescente de los 90. Mientras intentabas que el Vespino de acero de tu abuelo (algún día me volveré a comprar un ‘L’) pillara 100 km/h a base de limar y retrucar cilindros ‘Metrakit‘ que comprabas a escondidas… Veías en la revistas aquel misil italiano capaz de superar los 200 km/h. Sabías de sobra que una GSX 500 o una CBR 750 corrían mucho más, pero a esa edad, las grandes deportivas todavía imponían demasiado, mientras que la RS 250 seguía pareciendo un juguete, aunque no lo era. Si me estás leyendo y eres de otra época seguro que tienes algún ejemplo similar.

De hecho, para conducirla te hacia falta el carnet ‘de moto grande’ y, posiblemente, el día que pudieras comprarla ya sería tarde. Algo así como esa chica que te vuelve loco durante el instituto y que cuando se te pone a tiro 10 años después ya se ha convertido en mujer y no te interesa. De hecho, varios de mis amigos han pasado del ciclomotor a las Ducati Monster sin ningún tipo de remordimiento.

Así que aquella Aprilia RS 250 (2T) era un capricho imposible. Debías convencer a tu padre para que te querías comprar una moto que valía la mitad que su coche pero que no ibas a poder conducir (legalmente) hasta los 18. También estaba la RS 125, que una opción mucho más razonable y accesible, pero cuando pasábamos la tarde eligiendo nuestras favoritas de las listas de precios de las revistas, no podíamos evitar empezar mirando la foto de las 250 de reojo y al final pasábamos toda la tarde soñando en voz alta con lo que debía ser conducirla.

Y, mientras tanto, Rossi y Biaggi nos martilleaban cada domingo viéndoles correr y ganar carreras con ellas en la (también extinguida) categoría de 250 cc.

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